miércoles, febrero 08, 2017

Taller de pensamiento y escritura

Taller de pensamiento y escritura
Investigar lo que porta el cuerpo
Se escribe para saborear con alegría, o bien triturar con minucia, lo que nos toca.
Se escribe para enterarse de lo que se piensa, entenderlo mejor.
Para no ser escrito, se escribe. Para que el cuerpo, el alma, defina su criterio -critique-, y formalice su propio tono ante el viento de lo dado.
Se escribe como actividad física que da materialidad al pensamiento; es también un antídoto contra la neurosis. Pensar es dar sentido. Escribir explora tanto las intuiciones como los fantasmas, y abre una zona de libertad -acaso discreta libertad, visible solo para quien la labra-.
El plan es trabajar el pensamiento mediante la escritura y viceversa. Desde lo que cada uno tenga en la cabeza y en las manos: artículos temáticos, ideas sueltas, crítica de obras teóricas o artísticas, memorias, alegatos, diarios, crónicas urbanas, máximas, relatos y mundos en general... Y leer textos ajenos, para practicar el entendimiento de la vida en las letras. No hace falta tener materiales en proceso, ni estar seguro de nada.
Empieza en marzo con frecuencia quincenal; consultas e inscripciones, agustinjvalle@gmail.com


lunes, enero 16, 2017

Apuntes en viaje

Finalmente la columna Apuntes enviaje, que dejé de subir manualmente a este blog, empieza a estar online en el diario Perfil. Acá el link

martes, mayo 24, 2016

Últimas noticias de Las Vegas



Desde la invención del Bafici, cada año, después de un début maratónico a los veintiún años en la edición de mil novecientos noventa y ocho, cuando era capaz de ver seis películas por día, mi rendimiento fue inversamente proporcional a mi edad.  Estimo que mi retiro de las grandes ligas cinéfilas se aceleró cuando desde el Gobierno de la Ciudad desplazaron el festival de ese epicentro festivo y equidistante que era el Abasto y lo implantaron en una de las zonas menos equitativas de la ciudad. Tal es así que este año vi una sola película, un retrato fenomenal de Las Vegas.
Nunca estuve en esa ciudad, pero no puedo negar siempre me tentó la experiencia y alguna vez, de visita en Nueva York, jugué con la idea de comprar una de esos tickets baratísimos de último momento. La ciudad en el imaginario popular es el pináculo de perdición y la ostentación de la clase media norteamericana. Las vistas panorámicas en las veladas boxísticas televisadas por ESPM desde Hotel MGM, sin embargo, confirman ese lujo artificial. El azar me condujo hacia una de las salas subterráneas del Village Recoleta, que por su escenificación podía ser parte de la misma ciudad que el director del film en cuestión diseccionaba con un ojo etnográfico y frankfurtiano -equiparable al de Harum Faroki en sus primeros films-. 
Ninguna película como Las Vegas en 16 partes se adecúa mejor a los fines de ésta columna de viaje. El director, Luciano Piazza, viajó durante más de un año a Las Vegas y en sucesivas inmersiones en el formato 16 mm absorbió pedazos de una ciudad inventada por la industria del espectáculo a mediados del siglo XX, en un área donde nadie en su sano juicio desearía vivir. Improvisó, a partir de esos fragmentos, un ensayo en torno las liturgias del consumo analógico, liturgias ajenas al mundo virtual, con el mérito de exhibir cada trazo humano que queda atrapado en los engranajes de ese monstruo urbano, sin imprimir una mirada cínica, ni moral ni humorística. Los personajes, visitantes reales de Las Vegas, habitan la pantalla durante unos pocos segundos como héroes minúsculos de la aventura que propone esa ciudad en continuo naufragio. Son estrellas fugaces que no obstante, en el modo de declamar su pulsión frente a la cámara –como si confesarse formara parte también del entretenimiento-, se humanizan. La ciudad los vuelve finitos: parte de un montaje para la posteridad.
Al ver ese híbrido de ensayo, documental y ficción, sucumbí a la tentación de preguntarme si Las Vegas es realmente una ciudad y si no debería definirse más bien como parque de diversiones y de terror para adultos. Las Vegas no tiene habitantes permanentes o ciudadanos, nadie nace, vive y muere ahí, aunque transitoriamente, para garantizar el funcionamiento de esa gran marca norteamericana durante las veinte cuatro horas los trescientos sesenta y cinco días del año, residan como mano de obra o marco vivo seiscientas mil personas.  
Las Vegas en dieciséis partes constituye, en definitiva, un tipo de viaje diferente al que se suele abordar en este tipo de columnas, pero al salir del cine tuve la sensación de haber apresado por un instante el alma de una ciudad que se reversiona a sí misma. Luego tuve la certeza de que esa sensación era deudora de una mente cinematográfica que estudiaba en cada vida la promesa de un ciclo de fortuna, plenitud y vacío, para desentrañar las relaciones más ocultas entre capitalismo y deseo.





* Columna publicada el 15 de mayo de 2016 en Perfil Cultura

Zona protegida *


Las ciudades que siempre uno ama y odia son aquellas a las que tiene que volver en el recuerdo. También, aquellas en las que uno tiene que volver a altas horas, o tal vez de noche, simplemente, a solas en un tren suburbano, en estado relativo de ebriedad o de perplejidad –diríamos que ebriedad y perplejidad son accidentes subjetivos vinculados a la sensación de extranjeridad-.

Volviendo de la Estación Pacífico hacia Villa del Parque, en el Tren San Martín, al escuchar la voz de una máquina que parece dialogar con la soledad del pasajero y anuncia el nombre de cada estación y recomienda esperar a que el tren se haya detenido para bajar,  primero en español peninsular y luego en inglés, recupero esa misma sensación que experimenté en Londres y Seúl: un profundo extrañamiento por un tono que no me pertenece.

Aunque desde hace tiempo tomo ese tren y me enfrento a esa grabación globalizada, es la primera vez que cala en mi alma de un modo tan desolador.  Deduzco que la sensación tal vez sea efecto tardío de las medidas de este gobierno: medidas que generan entre el empleador y el empleado una asimetría permanente. De pronto, la sensación de habitante global abatido, que vuelve a su casa flameando en un traje barato después de brindar servicios indeseados para una supervivencia digna, me aplasta.  En vez de cruzar la vía y caminar hacia mi casa en Agronomía, me pierdo en la Paternal, e inició un viaje a pie, en sentido opuesto a la voz maquinal que en los trenes expulsa a los circunstanciales pasajeros recordándoles, en su tono neutro, que podrían no pertenecer ya a ningún lugar. Las calles empedradas y la luz parece venir de una ciudad o un barrio que está viendo nacer a Maradona y conserva en su quietud secuelas de la dictadura.

Además de la cancha de Argentinos Juniors, epicentro sentimental porteño, me topo súbitamente con una placa que indica que ahí, Artigas 1917, nació y vivió Norberto Napolitano, alias Pappo, alías Carpo.  No puedo dejar de recordar los grandes discos Pappos Blues, previos a la etapa Riff y a un ocaso poblado de fierros y exposición mediática.  Volumen I, II, III, IV, V, contienen lo mejor de un rock nacional permeado por la guitarra demoledora de Hendrix y la versatilidad de Ritchie Blackmore. Al igual que en Hendrix, la genialidad autodidacta de Pappo permitió libertades impensables para cualquier otro músico. En la Argentina no hay ni hubo, sin duda, un guitarrista con tanta capacidad de improvisación que además podía hacer con el instrumento todo lo que se le ocurría.

Por alguna razón, los ladrillos a la vista de la casa de Pappo y la última racha de luz que pasa entre los plátanos enormes e imprime en el asfalto un resplandor plomizo, diluyen el extrañamiento. Ese misterioso magnetismo me hace pensar en los viajes de Pappo a Inglaterra y en el extrañamiento que ese guitarrista, durante sus exilios ingleses, debe haber experimentado al atravesar Londres en tube para trabajar en una sala de ensayo en la que conocería al baterista de Led Zeppelin, John Bonhan, y a Lemmy, el cantante de una banda naciente, Motorhead.

De regreso a casa, al cruzar el puente de hierro por sobre la calle artigas, me detengo a pensar que tal vez por carecer de zonas de protección sentimental, en el recuerdo Londres o Seúl no sean ciudades idílicas sino ciudades perdidas, que en vez de asentarse mutan como un organismo imperfectible.  


*  Columna publicada el 1 mayo de 2016

domingo, abril 24, 2016

Trabajos naturales *


El FILBA tiene una sección titulada Bitácora, en la que dos escritores relatan  una misma experiencia vinculada a la ciudad en la que tiene lugar el festival.  En San Rafael me tocó hacer un trekking por Cuatro Cascadas, una zona cercana al Cañón del Atuel, poco después de una fuerte tormenta. Partí con la fuerte intención de escribir sobre la relación del hombre aburguesado con la naturaleza. De la caminata accidentada por las Siete cascadas, podría extraer una serie de conclusiones banales. La más obvia de todas: la promesa de un trekking tranquilo, concebido para cuerpos agarrotados por la rutina urbana, se transformó en una carrera contra la naturaleza y los restos de la tormenta. Al menos eso sentí frente a las arenas movedizas, los caminos sinuosos, las pendientes, las rocas escarpadas, la vegetación. Es llamativo cómo el contratiempo y el esfuerzo sustraen subjetividad a un cuerpo sin resto y lo sumergen en miedos absurdos: no pisar mal, prevenir una torcedura de tobillo, por ejemplo.
Confieso que las rutinas de la ciudad me volvieron una especie de anquilosado incapaz de gozar de la adversidad de la naturaleza. Quienes acceden a esa adversidad haciéndola propia, entrenan, o mejor dicho, trabajan el cuerpo. Mi experiencia más próxima al goce de la adversidad fue nadar un par de veces en mar abierto, bajo la calma que confiere saber nadar y, sobre todo, no temerle a esa forma de la naturaleza. De la montaña en cambio no sé nada, absolutamente nada. No me interpela y su mítica está momificada, para mí, en las postales color pastel de los Alpes. El guía en algún momento del trekking logró quebrar mi apatía y contó el significado de la palabra Atuel en idioma huarpe: llanto. Para explicarlo, introdujo una leyenda según la cual una mujer cautiva huye hacia la montaña, el refugio de los dioses, y se sacrifica saltando al vacío con su bebé, a cambio de lluvias. Desde entonces, dicen, el sonido del río imita el llanto de un bebé. 
Al escuchar al guía no puede evitar pensar que ese hombre amaba lo que hacía de un modo espontáneo: un amor sin esfuerzo. Valoraba su trabajo como si fuera un tesoro. Me vino entonces a la mente la certidumbre de que lo que gobierno actual logró en pocos meses es restarle sentido al trabajo. Aniquilar el lazo más preciado del hombre con su propia potencia. En definitiva, anular simbólicamente el trabajo, excomulgar la categoría de pueblo, vaciar los derechos de las clases trabajadoras y así desalentar la oposición humana.  Por esto mismo, hoy en día la única forma de supervivencia y resistencia va a ser una reivención del trabajo; eso que cada vez cuesta más y que, paradójicamente, va a valer más para cada uno de nosotros a medida que la tecnocratización nos vaya expulsando.  Trabajar hoy significa ir contra una noción de productividad que no está ligada a la fuerza del hombre, sino a la renta. Debido a su crueldad ideológica, el gobierno actual ha transformado el trabajo en un objeto sublime de deseo. El trabajo vuelve a ser un problema, un recurso en extinción y no ceder ante esa sustracción –que termina siendo una compra del alma, un pacto fáustico- es la única opción posible.
Más urgente que escribir sobre la relación del pequeño burgués con la naturaleza, es entonces replantear la relación del hombre y el trabajo. Me vuelve el recuerdo del guía en Cuatro Cascadas y se encarna ante mis ojos la imagen de alguien consumando su destino, contra el positivismo financiero. 

* Columna publicada en el Suplemento Cultura de Perfil, el domingo 17 de abril de 2016.

domingo, abril 03, 2016

Extraños en paraíso *

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Hace tiempo el espacio de la Patagonia se representa en el imaginario de los extranjeros como mítico, más allá de las historias de Bruce Chatwin y de las anécdotas ampliamente divulgadas sobre jerarcas nazis refugiados después de la segunda guerra. Una vez ahí, uno percibe ese carácter mítico en la naturaleza, en las edades que se apilan en la costura de lagos, bosques y montañas perdiéndose en un horizonte que parece estrellarse contra una frontera. Al borde de un lago como el Nahuel Huapi o el Traful, se percibe, al revés que en la pampa -donde el tiempo no pasa -, huellas de  las edades que pasaron antes del primer hombre.  Puede resultar muy conmovedor, o bajo la garra del turismo puede terminar siendo simplemente un decorado en el que esas fuerzas extrañas previas al humano no se manifiestan sino como decoración.  

Quizás con esa atemporalidad tengan que ver mis pocos recuerdos etnográficos de la Patagonia. En la mayoría de los lugares a los que entraba, detectaba una mueca de recelo. Sospechaba que todos los habitantes de alguna manera habían tenido un pasado en otro lugar y sólo podían vivir en la Patagonia un devenir clandestino. Como los cowboys del lejano oeste, llevaban en las facciones un rictus impertérrito que no se correspondía con una idiosincrasia, sino con un contagio del paisaje ancestral y quizás con la erosión espiritual del viento y las estaciones frías. En ninguna parte de la Argentina tuve la sensación tan patente de ser un extranjero. Y no porque los habitantes tuvieran raíces culturales profundas en el lugar, sino porque algo en la atmósfera, como en Twin Peaks, volvía extraño  a cada individuo que atravesaba el paisaje.

En las últimas semanas, esa misma Patagonia ancestral se volvió un decorado de unas pocas horas para la visita de Obama y la escapada en helicóptero de Macri a la estancia de un magnate inglés en las cercanías de Lago Escondido. A orillas del Nahuel Huapi tuvo lugar la segunda imagen emblemática y desoladora que define la nueva de relación entre Argentina y EEUU. La primera había tenido lugar en la EX EXMA pocas horas antes: Obama y Macri posan en la EX ESMA, camuflan diplomáticamente en su pacto antiterrorista un desplazamiento simbólico que despolitiza la lucha por los derechos humanos al ligarla al discurso de la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo global.

La segunda imagen es muy distinta a aquella de Menem, en pantalones cortos, jugando al tenis con Bush, que ilustra la era de las relaciones carnales. En esta se ven dos parejas maduras, partidarias de la comedia del bienestar, vestidas de elegante sport, al borde de un lago. En esa foto hay un premeditado cambio de parejas y todo, desde los gestos, el maquillaje, la ropa, el teatral atardecer con recorte de montañas detrás, cuadra con una foto de campaña publicitaria de ropa. Macri sonríe con esfuerzo hacia Michelle mientras Awada y Obama se abrazan sonrientes. La escenificación, simulacro de amistad y convivencia aunque los cuatro sean extraños en el paraíso, representa muy bien lo que el PRO ha decidido proyectar puertas afuera. Puertas adentro, Macri, en lugar de avocarse gobernar, se obstina en demostraciones de autoridad cotidianas y agota la cuota de poder que le dio ganar elecciones, tal vez sabiendo que en última instancia el único tipo de poder que no se agota –y hasta ahí- en el autoritarismo, es el feudal o el patronal. 

* Columna publicada en Cultura Perfil el 03/04/16

Selección natural *


En algún viaje a la costa patagónica, un lugareño me aconsejó no rozar ni por casualidad la fauna marina del lugar.  Aunque no tenía en mis planes acariciar ningún pingüino o cetáceo, esa persona me dio buenos motivos. Si uno tocaba un pingüino, por ejemplo, confiscaba su destino social: intervenía de tal modo en su tejido que luego podían no reconocerlo y excluirlo. Esta idea –que el hombre condena al animal al dejar una huella en su imagen olfativa- me acompañó desde entonces y naturalizó visiones de lo más cruel. En Puerto Pirámides, observé horcas que se dejaban arrastrar hasta la costa con la marea y a velocidad relámpago atrapaban lobitos marinos entre sus fauces para luego retirarse con la resaca del oleaje.

Años más tarde, en alguna sesión de buceo en el Mar Rojo también presencié escenas de depredación submarina típicas. Pese a que esos episodios para mí estaban desenfocados siempre por cierta compasión hacia la especie más débil, la muerte no representaba un absurdo y presenciar el espectáculo transparente de la cadena de depredación y selección natural fue una experiencia única. Observar las defensas contra la depredación que las especies más débiles desarrollaban en el mundo submarino resultó todavía más fascinante: peces que para sobrevivir repentinamente se transforman en fósiles en el fondo del mar o se mimetizaban con  una planta. Cierta mañana, sin embargo, aparecieron en la orilla un grupo de cazones descabezados que el centro de buceo se ocupaba de criar y alimentar. Tras indagar, me enteré que se trataba de una venganza de pescadores beduinos. Una muestra gratuita de poder ante una población ajena a sus costumbres. Decapitaciones que no entraban en la cadena de la depredación sino en el negocio de la exhibición y el chantaje.  

Ya no es novedad a esta altura, pero la muerte de un delfín bebé a manos de groupies espontáneos de la fauna marina en Santa Teresita conmocionó a la opinión pública y podría también encasillarse en el negocio de la exhibición. Entre los apenados estuve yo. Las fotos que circularon en las redes mostraban a una multitud disputándose el cuerpo de ese lustroso cetáceo indefenso, como si se tratara de un nuevo Mesías, sólo para obtener una selfie.  En algún blog leí que el sacrificio de esta cría simbolizaba un cambio de época. Era un tipo de víctima diferente y podía considerarse, en el inconsciente colectivo, una manifestación de la torpeza que acompaña a este gobierno. En la línea de los despidos seriales ejecutados incluso sin respetar esa selección natural de corte empresarial tan ponderada por el Pro –talento, capacidad, liderazgo -, con el modus operandi de un patrón de estancia que supone tautológicamente que sus peones son vagos por ser peones o por afiliarse a un sindicato, sacrificar a un delfín por negligencia y/o cholulismo está en sintonía. Los despidos ejecutados de este modo son demostraciones de poder que no forman parte de una estricta selección laboral sino de un ajuste de cuentas.   

Aunque la asociación de maltrato animal y macrismo me pareció forzada, es innegable que se respira en la calle una mezcla de estupor y desánimo, no frente a una orientación económica liberal –que incluso algunos estupefactos pueden haber elegido con todo derecho- sino, sobre todo, frente a los atropellos cotidianos. No es necesario ser o haber sido kirchnerista para percibir hoy esa fuerza oscura, parecida a la que emanan en Star Wars los guerreros Siths  cuando reivindican en el resentimiento la identidad de una casta. 

* Columna publicada en Cultura Perfil, el 20/ 03/16

Polizón *



Durante varios días, en el año dos mil once, por culpa de las célebres cenizas volcánicas, quedé varado en el pequeño departamento de un amigo en Crown heights, Brooklyn, después de ir al aeropuerto y de que me anunciaran la suspensión por tiempo indeterminado de vuelos a Buenos Aires. La mayoría de los pasajeros exigía compensaciones por la suspensión –equivalentes a las retribuciones que recibe un escritor cuando va a una feria, viáticos y alojamiento-, pero las aerolíneas, alegando una cláusula de “catástrofe natural”, se protegían de cubrir la manutención irrestricta en la Gran Manzana de familias enteras que acampaban en el aeropuerto JFK.
Ante la mala nueva, y enterado ya por noticias previas de que la lucha contra la burocracia de las compañías de aviación estaba perdida, tomé la decisión de volver a lo del amigo que me había alojado el último día, antes de la vuelta. Emprendí el camino inverso, arrastrando una maleta gigante con ruedas que no giraban, y tomé el metro bajo un sol que a las diez de la mañana era abrasivo. 
Mi amigo me recibió con sorpresa y decepción. En su expresión parecía cifrado lo que vendría, una historia de abusos. En los días posteriores, enterado de mis dificultades para dormir en un sillón, me cedió su cama. Siguió con su rutina diaria, yendo al trabajo, pero yo permanecí en un limbo, ni como turista ni como habitante. Cada tanto llamaba a la aerolínea para saber si había novedades y me respondían que las listas de espera eran interminables. Me imaginé semanas varado en Nueva York, con ahorros eximios y una tarjeta sin fondos. De permanecer debería disponerme usurpar, además de la cama, el sueldo de mi amigo.
Para consolarme, casi persuadido de que Manhattan con sus museos y bares era parte de mi anterior estadía y no entraba en mi vida de polizón, empecé a deambular por el barrio con cierta pesadumbre: mi poco capital impedía exhibirle a mi anfitrión mi gratitud por el hospedaje, la cama y los víveres que incluían single malts y packs de cervezas Sierra Nevada. Aunque a diario se lo transmitía, mis fórmulas caían en saco roto, como las palabras de un borracho.
Después de dos semanas me di cuenta de que algunos vecinos mostraban una sonrisa al verme en la calle al mediodía, dispuesto hacer compras en el súper más cercano. Parecían complacidos de cruzarme, contrario a lo que sucedía semanas atrás. Tuve la impresión de que mi rutina escuálida los satisfacía. Comprobaban que no era un turista, ni uno de los tantos estudiantes falsos que a través de aportes de parientes ricos disfrutan de la vida americana sin trabajar. No, yo no disfrutaba de la vida, ni trabajaba. Que no hubiera incorporado una bermuda a mi vestuario y saliera siempre con un pantalón a rayas made in india con aspecto de pijama, corría a mi favor.  
Cuando empezaba ya a hacer migas con vecinos, recibí un llamado. Si lo hubiera recibido una semana después, quizás nunca habría regresado a Buenos Aires y nunca habría vuelto a escribir. Habría perseverado en mi aspecto de Bartleby en pijama. En el llamado en cuestión, una voz con acento latino me anunciaba que habían abierto un vuelo para los damnificados por las cenizas y podía reservarme un lugar. Yo dude, como si me ofrecieran publicidad engañosa. Mi amigo, que sin escuchar había leído el contenido de la comunicación en mi cara, me susurró: tomalo, ya. Fue una orden irreprochable que años después agradezco. 

* Columna publicada el 06/03/16 en Cultura de Perfil. 

Ruido blanco *


Conocí la historia de Denise cuando, de paso por Los Ángeles, recaí en la casa de un viejo amigo argentino. Alquilaba una monoambiente en el primer piso de una casa en Silver Lake, antiguo barrio yonki que se había vuelto un barrio cada vez más de moda y hábitat fértil para hipsters del nuevo milenio. En la planta baja vivía una mujer de setenta años, que ya no encajaba mucho con el barrio, pero que se vestía exactamente como en los sesentas. Quizás por eso mismo, la señora no saludaba, se quejaba por ruidos molestos, llamaba a la policía cuando algún extraño merodeaba la zona. Lo que no había hecho nunca, supuse que por miedo, era denunciar a los distribuidores de metanfetamina que vivían en la casa de enfrente.

Una noche mi amigo puso un disco que yo le había regalado para agradecer su hospitalidad. Le pedí que subiera el volumen y pasó a explicarme la susceptibilidad de su vecina de abajo. Tuvimos que escuchar The psychedelic sounds of 13th floor elevators a un volumen bajísimo. Apenas se fue al trabajo, al día siguiente, aproveché para poner el disco a todo volumen. Supuse que la vecina se habría ido al trabajo. Pero al rato escuché el timbre. Bajé el volumen. A través de la mirilla me asomé y vi unos ojos celestes incrustados en un rostro huesudo, piel arrugada y curtida por el sol. 

Me preparé para lo peor: queja por ruidos molestos, amenaza de llamar a la policía. Abrí dispuesto a pedir disculpas, explicar que era un huésped y desconocía los usos y costumbres del edificio. Pero antes de que pudiera decir nada, ella, como en trance, se tomó la libertad de entrar al departamento y buscar con la mirada algo, quizás el origen de la música. Recién cuando vio el disco girando, pareció buscar mis ojos y pedir disculpas. Me dijo que hacía cuarenta años que no escuchaba la voz de Roky Ericson. Tal vez, si yo no lo hubiera puesto, nunca se habría reencontrado con su voz. Me dijo que ahora, escuchándolo, se sentía tan joven y desgraciada como la noche en que habían internado a Roky. “Los salvajes del servicio de salud”. Me llamó la atención escuchar en boca de una anciana afirmaciones tan tajantes. Pensé que desvariaba. Ella, como si me leyera el pensamiento, me dijo que en los sesentas, antes de mudarse a California, había conocido a Jannis Joplin cuando no era Janis Joplin. A través de ella se relacionó con el amor de su vida, Roky Ericson. Fue su amante hasta que la policía lisérgica de ese entonces lo confinó a un psiquiátrico y lo arruinó para siempre. Después de eso, ella se mudó a Los Ángeles y no supo nada más del cantante de 13 th floor elavators. Pasó años de aislamiento, dándole la espalda ya a cualquier tipo de experiencia lisérgica, junto a hombres torpes que parecían cortados a imagen y semejanza de Ronald Reagan.  Finalmente terminó trabajando en la alcaldía como asistente social y obtuvo su jubilación durante el mandato del actor y fisicoculturista Arnold Schwarzenegger. La psicodelia, The 13 th floor elevators, para entonces ya habían quedado lejos, en la historia de otro mundo. 

Terminó su relato y esperó mis palabras, ansiosa. Le dije que envidiaba su vida. Enseguida me sentí torpe y me apuré a explicarle que en general envidiaba a todos los que habían tenido oportunidad de atravesar la juventud en los sesenta. Como si yo acabara de decir una gran estupidez, se dio vuelta y salió sin cerrar la puerta. El lado A del disco hacía rato se había acabado y la púa amplificaba un ruido blanco.  

*  Columna publicada en Perfil, el 21/02/16